Ahora los pemón van menos al conuco y más a la mina

El el Mercado Municipal se comercializan los productos del conuco y las bateas mineras para la minería artesanal

Por Morelia Morillo, periodista.
Fotografías: Morelia Morillo

No existen datos históricos precisos, sin embargo, los escasos registros oficiales y los testimonios recabados al respecto indican que, entre 2001 y 2015, buena parte de los pemón abandonó sus conucos, sus lugares de siembra y cosecha para la subsistencia familiar y se dedicó más a la extracción de oro y diamantes en sus territorios.

El vocablo pemón, de origen caribe, se traduce como “Ser con pensamiento propio”. Los miembros de este pueblo son los habitantes autóctonos de la Gran Sabana, en donde habrían comenzado a asentarse durante el siglo XVIII.

El municipio Gran Sabana del estado Bolívar, en Venezuela, se extiende sobre el sureste profundo del país hacia el Brasil. Por su belleza y recursos naturales, más del 80% de la zona es considerada como Áreas Bajo Régimen de Administración Especial (ABRAE).

El paso de los indígenas pemón desde su economía ancestral -basada en el cultivo del conuco, la caza, la pesca y en menor medida en la recolección de frutos silvestres e insectos- hacia la minería, cada vez más mecanizada, comenzó a acentuarse hace una década, sobre 2005, si bien se aceleró hace casi tres años.

Hasta febrero de 2013, la actividad minera se limitaba a algunas zonas de tradición como Ikabarú, la segunda parroquia del municipio y sus alrededores. No obstante, el Ejecutivo Nacional, mediante el Plan Caura, impulsaba el cierre minero y los planes de conversión de la economía local hacia negocios como el turismo, el cultivo no extensivo y la cría de animales de granja como los pollos y las gallinas.

Pero entonces, en respuesta al rechazo pemón hacia la forma como el Ejército intervenía en los campamentos mineros, el Gobierno Venezolano permitió sólo a los indígenas trabajar la mina artesanalmente, fuera del Parque Nacional Canaima, lejos de los ríos y siempre y cuando reforestaran las áreas afectadas.

De acuerdo con La cuenca del río Caroní, una visión en cifras, editado por la Electricidad del Caroní (Edelca), que hoy forma parte de la Corporación Eléctrica Nacional (Corpoelec), para el año 2001 el área bajo uso agrícola y forestal era de aproximadamente 4.355 Km², el equivalente a 4,7% del espacio de la cuenca.

De ese porcentaje, 2.780 Km² se encontrarían ocupados por la agricultura, 1.356 Km² por ganadería y 219 Km² se destinarían entonces al uso forestal.

Ese informe, precisa que 25,6% del área productiva, es decir alrededor de 695 Km² de la superficie aprovechada para sembrar, criar ganado y sacar madera se encuentra en la llamada Cuenca Alta o Alto Caroní, en la parte alta del municipio Gran Sabana, que es en donde nace el Caroní, el río del cual se sirve la industria hidroeléctrica.

En su censo, realizado entre 2012 y 2013, el Instituto Nacional de Salud Agrícola Integral (Insai) registró a 26 productores en la Cuenca Alta, en las comunidades de los sectores seis, siete y ocho del Pueblo Pemón, en Santa Elena de Uairén, Ikabarú y Wonkén.

Con muy poca rigurosidad, se contabilizaron 19 hectáreas dedicadas al cultivo de rubros como yuca, plátano y naranja, 90 hectáreas a la cría de ganado vacuno y dos hectáreas a la piscicultura. Sin embargo, si cotejamos esos números con los testimonios y con los precios del casabe, el ají, el Kumachi (salsa picante), el báquiro y otros en el mercado, resulta obvio que, mientras la oferta es cada menos, la demanda es cada vez más.

Carmen Raquel Benavides, quien hace parte de la Fundación Mujeres del Agua, la única organización ambientalista con presencia en la zona y fue capitana de la comunidad de El Paují nos contó acerca de lo que ha visto en la comunidad en donde nació, Waiparú y en la comunidad en donde reside desde hace más de tres décadas, El Paují.¨

“Somos contaditas las personas que tenemos conuco, la mayoría de la gente de El Paují y Waiparú han dejado de ir al conuco, especialmente en El Paují, en donde todo el mundo tenía su conuco. No eran tan grandes, pero tenían para mantener a sus familias”. Los conucos son espacios de bosque quemado y cultivado con especies comestibles.

Los de El Paují ahora hacen su compra en las bodegas que les reciben el oro a cambio de víveres que ofertan hasta en el doble o triple de lo que cuestan en las zonas no mineras.

“Mientras tienen más plata, mis paisanos, como nunca han tenido esas cantidades, tienen más pobreza. Lo gastan en nada. Los hombres en bebida y las mujeres en ropita. Personas que sacaron oro por kilo y siguen viviendo en una casita de láminas. Los muchachos y muchachas no aprenden a ir al conuco, a hacer farinha ni casabe”.

La yuca es fundamental para los pemón, pues de ella obtienen el casabe, que viene a ser su pan diario, la farinha es decir la harina de yuca, sus bebidas fermentadas como el kachiri y el parakari y el yare, el sumo de la yuca amarga que mezclan con ají picante para hacer el kumachí, la salsa picante que les sirve para aderezar los alimentos.

En las bodegas, en cambio, los pemón compran productos como las harinas de maíz y de trigo refinadas, el arroz blanco y la pasta de trigo común.

Los de Waiparú, contó Carmen, compran en Surukún una comunidad cercana que continúa produciendo yuca y casabe, pero, en cuanto se les acaba el oro, tienen que endeudarse o volver a la mina para sacar más oro y continuar comprando.

Jerome Guizard, un ingeniero agrónomo que anteriormente asesoró los programas de transferencia de tecnologías productivas impulsados por la hidroeléctrica en beneficio de las comunidades indígenas, explicó que, de entrada, “¨la mina te quita el tiempo, o te dedicas al conuco o te dedicas a la minería porque ya seas trabajador o dueño de equipo (de maquinaria) tienes que estar todos los días ahí y es mentira que vas a dejar la mujer sola en el conuco porque hay trabajos que una mujer sola no puede hacer”.

El baquiro o cochino de monte se igualó en precios con la carne bovina o porcina que se vende en las carnicerías locales

Aseguró que en la comunidad con la que más trabajó, San Antonio del Morichal, las personas que formaron parte de los proyectos que se iniciaron con apoyo del Estado no se fueron a la mina, si bien en ese sitio se dio una bulla minera hace algunos meses, pero en otros asentamientos, como Betania, sus pobladores se dividen en partes iguales: la mitad va a la mina y la mitad va al conuco.

Guizard nos conversó en 2010 los indígenas comenzaron a trabajar más la mina porque aprendieron que no necesitaban de equipos mineros muy grandes, que en su lugar podían emplear las llamadas “bombitas”¨, de 13 caballos de fuerza, que entonces costaban Bs. 10.000 y que ahora se consiguen en Bs. 400.000.

En la zona destinada a la venta de los productos indígenas del Mercado Municipal de Santa Elena de Uairén, la capital del municipio Gran Sabana, se observan cada vez menos productores, más bodegueros (pequeños comerciantes) comprando para revender, algunos incluso se aseguran la mercancía antes de que la bajen de los camiones que la trasladan desde las comunidades y cada vez más vendedores no indígenas ofreciendo queso, ropa usaba y otros productos.

A la fecha, la torta de casabe se comercializa en Bs. 500, el litro de Kumachí en Bs. 1.500, la bolsa de ají en Bs. 500 y el kilo de báquiro (cochino de monte) en Bs. 1.500.

Según los archivos de prensa, en julio de 2012, una torta de casabe costaba Bs. 40, en diciembre de 2013 se vendía en Bs. 130.

Como productor, Venancio Pérez, de la comunidad de Waramasén, contó que en su comunidad casi no hay mina “y ahora es cuando estamos luchando para obtener alimento porque la comida que viene del país (es decir los alimentos foráneos) está muy cara”.

“Tengo mi sobrino que se casó con una muchacha de Betania y siempre dice que es buena la minería, pero cuando no hay oro ni diamante quedan sin comida porque el casabe sale semanalmente, pero la minería después de un mes o 15 días”.

En cambio, Pedro Juvencio García asistió a la feria que se celebra los viernes para comprar los alimentos de los que requiere su familia.

Relató su experiencia: “Crecí en el conuco, pero ahora no tengo conuco. Estaba para Aripichí (una zona indígena minera) y me dio paludismo (malaria). En 40 años de vida, me han dado 25 paludismos. La primera vez fue a los 13 años. Los dos sirven, la minería porque uno saca sus realitos (dinero) y la agricultura porque es un trabajo fijo. Un agricultor vive feliz, tiene casabe, tiene kachirí siempre y no tiene que comprar”.

En cuanto a lo que debe ser, La cuenca del rio Caroni explica las limitaciones de estas tierras para la explotación agrícola y hace referencia explícita a su vocación fundamental para producir agua, además de conservar la biodiversidad y fomentar el turismo.